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A Catamarca le falta el mar. El resto está, como si la naturaleza y la cultura se hubieran empecinado con esta provincia del noroeste argentino. No dan tregua al visitante. Cuando ya viste paisajes cordilleranos habitados por flamencos rosados que mojan sus patas en lagunas turquesa, vienen montañas y volcanes de seis mil metros, luego viñedos de altura y aguas termales y selva y oratorios de adobe y ruinas incas y enormes dunas de arena blanca y tejedoras de ponchos a la sombra de parras. A la vuelta, a la hora de contar el viaje, buenos vinos, alfombras de vicuña, piezas arquelógicas, anillos de rodocrosita, paisajes oníricos y un sabor a aventura bien vivida se agolpan en la memoria como piezas de un rompecabezas.

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Avanza en Catamarca la decisión de proteger las magníficas pinturas rupestres de La Tunita, situadas en la ladera este de la serranía de Ancasti, a unos 80 kilómetros de la capital. Corresponden a la cultura de La Aguada, que se expandió entre los siglos IV y X en diversos valles de Catamarca y La Rioja, y sólo son conocidas por algunos investigadores.

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SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA Los circuitos catamarqueños y las artesanías provinciales compiten por la atención de cuanto turista llegue a esta provincia del noroeste argentino.
Los paisajes y la cultura se anudan en Catamarca para darle forma a su música, sus ponchos y los sitios arqueológicos (entre los más destacados, las ruinas de Shincal) que pueblan cada uno de los rincones.
Entre Londres y Fiambalá, entre Belén y la propia ciudad capital, o entre Tinogasta y Andalgalá, la riqueza geográfica le abre paso a la aventura.

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En el oeste de la provincia de Catamarca existe un circuito turístico que recorre pueblitos perdidos entre las montañas, en los que se pueden visitar iglesias y casonas de hasta tres siglos de antigüedad, con paredes de adobe de un metro de ancho, tirantes y puertas de algarrobo. Algunos de estos templos albergan imaginería religiosa de Chuquisaca y pinturas cuzqueñas.

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